Era pequeño cuando en nuestro primer televisor marca “Motorola” a tubos lo vi desde el palco de La Moneda. Nunca en mi vida había visto tanta gente... miles de ellos y cosa curiosa eran como mis vecinos, de rostros morenos, de caras quemadas por el sol. Había gente de trabajo, panaderos, lecheros, jornaleros, imprenteros, taxistas, micreros (pantruqueros les decía mi viejo), empleadas domésticas y cientos de miles de estudiantes.
El locutor de la “tele” decía que con usted entraba el pueblo a La Moneda. Sabe señor presidente... muchos creyeron eso e hicieron a su gobierno como el suyo y lo defendieron día a día hasta el Armagedón de Pinochet.
Cada día me sentaba a ver los “monitos” y después las noticias, era un pequeño muy inquieto y siempre quería saber lo que pasaba (lo de fisgón lo llevo en la sangre desde que tengo uso de razón), allí lo veía diciendo que su gobierno “era revolucionario y que llevaría la revolución hasta las últimas consecuencias. “Avanzar sin transar” era su consigna.
Era lindo ver el rostro de la gente con tanta esperanza... por fin le llegaba su turno a los pobres, decía mi papá y a los pocos días le habían aumentado su sueldo. Chile vivía el cambio y se comenzaba a notar. El país era pura y simple revolución.
Los días de colegio se transformaron en muy activos... y los de protesta también. Mi casa quedaba a pocos metros de Matucana con San Pablo y la violencia comenzó a hacerse presente. Unos tipos con rostros cubiertos con pañuelo y con una araña negra pintada en sus chaquetas comenzaron a hacer desmanes. “Patria y Libertad” se hacían llamar. Paradójico pero era “su” libertad y “su” patria lo que defendían y no la del pueblo.
El día 11 de septiembre de 1973 fue la última vez que lo vi en la “tele”. Ahora eran aviones de guerra y tanques los que golpean a su puerta señor presidente. Lo vi con un casco y armado... a las horas vi un bulto cubierto con una frazada... un militar dijo que era su cuerpo. Era el fin de una historia y el comienzo de otra.
Por eso hoy señor presidente veo a quienes dicen respetar su memoria y su legado, dándole la mano a sus flageladores a quienes los encerraron, a quienes violaron a sus mujeres. Todo por algo que usted no conoció “la política de los acuerdos”. Ahora sus herederos socialistas pululan junto a aquellos que gobernaron en la tiranía de Pinochet y se dicen ser sus amigos. El poder los corrompió, el poder los igualó, Escucho hablar a los políticos y no veo las diferencias. En su tiempo si las veía y si las respetaba. Ese pequeño detalle desarrollaba el debate en todas las capas de la sociedad. De ricos a pobres hablaban de un Chile mejor.
Sin dudas presidente Allende hoy vería un Chile diferente... tal vez si lo viera le daría pena... ¿quién sabe? Pero no es lo que soñamos en “esa revolución”. Hoy los traidores de sus sueños se conforman con desarrollar algo llamado “neoliberalismo”.
Tal vez en sus palabras escucharía decir que “la tiranía yankee venció a las utopías” o “que el imperialismo se ganó el mundo”, no lo sé... por eso señor presidente en este día tan especial quise dirigirle esta carta, porque estoy cansado de quienes dicen gobernarnos porque se han corrompido a tal extremo que pocos, extremadamente muy pocos señor presidente se salvan... y porque cuando recuerdo ni infancia me viene a la memoria su voz diciendo que se abrirían “las grandes alamedas donde transitarían los hombres libres”. Y a pesar que en algunas ocasiones me he sentido libre hoy todavía veo a mi pueblo luchando por sobrevivir en una sociedad donde todo el éxito significa dinero y poder. Sin dudas que el arcoiris se ha vuelto opaco por el dolor y sufrimiento de la gente... de su gente Señor Presidente Allende.

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